Llevamos tres
décadas escuchando que el fin de C es inminente. Cada vez que aparece un nuevo
lenguaje con sintaxis moderna y promesas de seguridad absoluta, los analistas
se apresuran a cavar la fosa del "viejo rockero". Sin embargo, aquí
seguimos, en pleno siglo XXI, con un lenguaje diseñado en 1972 controlando los
sistemas de frenado de tu coche, los servidores que sostienen Internet y los
instrumentos de la Estación Espacial Internacional. ¿Cómo es posible que una
herramienta de la era de los pantalones de campana siga siendo el pilar de la
era de la Inteligencia Artificial? ¿Estamos ante un caso de estancamiento
tecnológico o es que, simplemente, C alcanzó la perfección funcional hace
cincuenta años?
La
persistencia de C no es fruto de la nostalgia, sino de una necesidad técnica
que ningún otro lenguaje ha logrado satisfacer plenamente: la transparencia
absoluta. C es el único lenguaje que permite al programador "ver" el
silicio. Mientras que los lenguajes modernos envuelven al desarrollador en
capas de algodón para evitar que se lastime con la memoria, C le entrega el
control total. Se sigue usando porque es el estándar de oro en el desarrollo de
sistemas operativos (Windows, Linux, macOS), bases de datos (Oracle,
PostgreSQL) y sistemas empotrados de tiempo real. En estos entornos, donde cada
ciclo de reloj cuenta y cada byte de RAM es un recurso preciado, la eficiencia
de C no es una ventaja, es un requisito.
Sin embargo,
han surgido aspirantes al trono con argumentos de peso. El más serio de todos
es Rust. Respaldado por gigantes como Google y Microsoft, Rust
promete la velocidad de C eliminando de raíz su mayor pecado: la inseguridad de
memoria. Con su sistema de "propiedad" de variables, evita los
errores que causan el 70% de las vulnerabilidades de seguridad actuales. Por
otro lado, Zig intenta ser el "C mejorado",
eliminando las partes más confusas del lenguaje original pero manteniendo su
simplicidad. Incluso C++, el hermano mayor y complejo, sigue
evolucionando para intentar desplazar a su progenitor de las capas más bajas
del sistema.
Pero derrocar
a C no es solo una cuestión de sintaxis o seguridad; es una cuestión de
ecosistema. C es el latín de la informática. Existe un compilador de C para
prácticamente cualquier procesador que se haya fabricado jamás. La cantidad de
librerías, drivers y núcleos escritos en este lenguaje es tan vasta que
sustituirlo por completo requeriría una inversión de billones de dólares y
décadas de trabajo. Además, la simplicidad de C lo hace predecible: un
programador experimentado sabe exactamente qué código máquina generará su
código fuente, algo que en Rust o C++ se vuelve una tarea detectivesca debido a
su complejidad interna.
En conclusión,
aunque lenguajes como Rust están empezando a colonizar módulos específicos en
sistemas operativos y aplicaciones críticas, la realidad es que el trono de C
sigue intacto. No existe hoy un sustituto real que combine su ubicuidad, su
minimalismo y su capacidad para hablarle al hardware de tú a tú. Podrán surgir
herramientas más seguras y versátiles, pero mientras el mundo digital siga
funcionando sobre chips de silicio, C seguirá siendo el lenguaje que mantiene
las luces encendidas. El "viejo rockero" no solo no ha muerto, sino
que sigue siendo el dueño de la sala.