lunes, 23 de febrero de 2026

C ha muerto: larga vida al Rey.

 

Llevamos tres décadas escuchando que el fin de C es inminente. Cada vez que aparece un nuevo lenguaje con sintaxis moderna y promesas de seguridad absoluta, los analistas se apresuran a cavar la fosa del "viejo rockero". Sin embargo, aquí seguimos, en pleno siglo XXI, con un lenguaje diseñado en 1972 controlando los sistemas de frenado de tu coche, los servidores que sostienen Internet y los instrumentos de la Estación Espacial Internacional. ¿Cómo es posible que una herramienta de la era de los pantalones de campana siga siendo el pilar de la era de la Inteligencia Artificial? ¿Estamos ante un caso de estancamiento tecnológico o es que, simplemente, C alcanzó la perfección funcional hace cincuenta años?

La persistencia de C no es fruto de la nostalgia, sino de una necesidad técnica que ningún otro lenguaje ha logrado satisfacer plenamente: la transparencia absoluta. C es el único lenguaje que permite al programador "ver" el silicio. Mientras que los lenguajes modernos envuelven al desarrollador en capas de algodón para evitar que se lastime con la memoria, C le entrega el control total. Se sigue usando porque es el estándar de oro en el desarrollo de sistemas operativos (Windows, Linux, macOS), bases de datos (Oracle, PostgreSQL) y sistemas empotrados de tiempo real. En estos entornos, donde cada ciclo de reloj cuenta y cada byte de RAM es un recurso preciado, la eficiencia de C no es una ventaja, es un requisito.

Sin embargo, han surgido aspirantes al trono con argumentos de peso. El más serio de todos es Rust. Respaldado por gigantes como Google y Microsoft, Rust promete la velocidad de C eliminando de raíz su mayor pecado: la inseguridad de memoria. Con su sistema de "propiedad" de variables, evita los errores que causan el 70% de las vulnerabilidades de seguridad actuales. Por otro lado, Zig intenta ser el "C mejorado", eliminando las partes más confusas del lenguaje original pero manteniendo su simplicidad. Incluso C++, el hermano mayor y complejo, sigue evolucionando para intentar desplazar a su progenitor de las capas más bajas del sistema.

Pero derrocar a C no es solo una cuestión de sintaxis o seguridad; es una cuestión de ecosistema. C es el latín de la informática. Existe un compilador de C para prácticamente cualquier procesador que se haya fabricado jamás. La cantidad de librerías, drivers y núcleos escritos en este lenguaje es tan vasta que sustituirlo por completo requeriría una inversión de billones de dólares y décadas de trabajo. Además, la simplicidad de C lo hace predecible: un programador experimentado sabe exactamente qué código máquina generará su código fuente, algo que en Rust o C++ se vuelve una tarea detectivesca debido a su complejidad interna.

En conclusión, aunque lenguajes como Rust están empezando a colonizar módulos específicos en sistemas operativos y aplicaciones críticas, la realidad es que el trono de C sigue intacto. No existe hoy un sustituto real que combine su ubicuidad, su minimalismo y su capacidad para hablarle al hardware de tú a tú. Podrán surgir herramientas más seguras y versátiles, pero mientras el mundo digital siga funcionando sobre chips de silicio, C seguirá siendo el lenguaje que mantiene las luces encendidas. El "viejo rockero" no solo no ha muerto, sino que sigue siendo el dueño de la sala.